Caprichos









Para el día de hoy (09/12/16):  

Evangelio según San Mateo 11, 16-19



En la lectura que nos brinda la liturgia del día, el Maestro se vale de una imagen de juegos infantiles para expresar su crítica a ciertos sectores que le oyen pero no le escuchan. El término generación quizás resulte demasiado abarcativo, y su significado primero refiere a los dirigentes religiosos de esa época, escribas, fariseos y saduceos.
Esos hombres eran profundamente religiosos, pero a su vez estaban atrapados por el entramado legalista de la religiosidad que representaban y conducían. Primaban sus esquemas pero nó su Dios, aunque declamaran piedad y devoción; de ese modo, todo aquello que no se amoldara a sus criterios se execraba con críticas impiadosas y brutales.

Era una actitud caprichosa, la misma de aquellos a los que nada satisface ni conviene. Cuando crece demasiado el ego, no hay sitio ni para Dios ni para el prójimo. Nada les conforma y no se trata de elogiar actitudes antiacomodaticias. Se trata de la crítica porque sí, la expansión de los chismes, los murmullos que socavan, el rostro en rictus amargo que revela una vida des-graciada.
En realidad, si ahondamos un poco, esta actitud es conveniente a todos aquellos que exhalan críticas de continuo pues de ese modo nada vá a cambiar. Criticar para que todo permanezca igual.

De esa manera, el Bautista -profeta en el desierto, ascético e íntegro- es quizás demasiado religioso, un loco místico demasiado sagrado. Pero lo que dicen el Maestro es muy peligroso, aunque sólo apareciera como una expresión de desprecio dedicada a menoscabarlo ante el pueblo.
Esa actitud es conocida en nuestros tiempos, tantas personas ajusticiadas en los medios sin justicia y sin poder defenderse.

El Maestro compartía afablemente la mesa con pecadores, con fariseos, con publicanos. De allí se valían para sindicarlo como un glorón y un borracho: la acusación es grave, pues en Dt.21 esa actitud implica, lisa y llanamente, la pena capital. 
Igualmente, encontrarían mil maneras de expresar su desagrado porque el Maestro era nazareno, galileo, pobre, blasfemo. O los de este tiempo porque el pontífice anterior era alemán y frío y este -Dios nos libre- es sudaca y habla como un curita de pueblo, o porque muchos profetas contemporáneos no tengan pergaminos, o porque se ha preclasificado al prójimo en alguna insomne categoría de desprecio caprichoso.

Abandonar las costumbres, lo habitual, no es sencillo. Requiere un gran esfuerzo cordial, y más aún si esa mansa rebelión implica compromisos y muy especialmente conversión.
El Adviento, tiempo santo y bendito que se nos ofrece, es el llamado a desandar esos pantanos y encaminarnos por la huella del Evangelio, en justicia y verdad, en caridad y compasión, en humildad y servicio.

Paz y Bien

El Sí de María, el Sí de Dios








La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/12/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38




Nos caímos del paraíso.

El hombre y la mujer se esconden, y hay una vergüenza que los hace ocultarse. No se trata tanto de una desnudez física sino, tal vez, los despojos vanos que le quedan a una vida que abandona con soberbia la presencia de Dios. Y por ese pecado ingresó la muerte, tan brutal la ruptura de una eternidad cotidiana y natural.

Aún así, con todo y a pesar de todo y cuando la contundencia de la muerte pareciera definitiva, el Creador es un Dios tenaz que no abandona su creación. Con paciencia infinita fué tejiendo en la historia el rescate de esa humanidad caída, Él mismo interviniendo en la historia haciéndose salvación que se llega a nuestra cercanía, un pariente, un amigo, un hermano, un Hijo de nuestro corazón.

Una muchachita judía de aldea ignota será, merced a ese amor inquebrantable de Dios, quien inauguraría los tiempos definitivos y plenos, la nueva Eva, madre de todos los vivientes.

La vida plena se abre paso desde los márgenes, desde donde nada bueno ni nuevo se espera. Dios exalta a los pequeños, Dios hace plena a la más pequeña, y Ella es feliz por creer, por hacer carne la Palabra que ha escuchado con atención y que ha atesorado en las honduras de su ser.

Su Sí! transforma la historia de la humanidad. Desde María de Nazareth acontece un giro maravilloso, pleno de bendición y grávido de alegrías porque ante todo, su Dios y el nuestro ha dicho Sí! a todas sus hijas e hijos, Sí a la vida, Sí al perdón, Sí a la salvación, Dios todopoderoso porque ama sin medidas.

María de Nazareth, Madre Inmaculada del Adviento no es una excepción única en el género humano sino más bien una promesa y una vocación para todos los pueblos y todas las gentes, vocación de santidad para recibir humildes, felices y esperanzados al Hijo que es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.

Salve, Madre de Dios!

Paz y Bien

Yugo









Para el día de hoy (07/12/16):  

Evangelio según San Mateo 11, 28-30




Para los oyentes del Señor, el yugo era un elemento conocido, casi cotidiano. Mediante ese pesado arnés de madera se uncían los bueyes -el animal de trabajo y potencia por excelencia- para doblegar su cerviz y hacer que anduvieran por el surco que labraban o por la ruta que debían seguir; de allí quizás el mote de bestia de carga, el animal que no piensa y que carece de iniciativa propia, sólo se limita a que lo lleven de aquí para allá según la utilidad del dueño.

En aquel tiempo, esas gentes padecían yugos que les imponían con dura crudeza. El yugo de una religiosidad severa, que se expandía en múltiples reglamentos sin corazón ni misericordia imposibles de cumplir, cierto modo de imperialismo espiritual, de sometimiento demoledor. Pero también debían afrontar a varios opresores: el yugo romano y el yugo de Herodes, sus impuestos intolerables, sus voces acalladas, su dignidad aplastada.

¿Cómo no iban a renacerles las esperanzas? El Maestro los invitaba a llevar su yugo leve y bondadoso, un yugo liberador, la señal decisiva del amor de un Dios que los busca, de un Dios que se desvive por su bien.
Ese yugo compromete la totalidad de la existencia. Nos volvemos libres para y no libres de. La verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio, desde la humildad y la mansedumbre, una humildad que nos ubica en el plano de Cristo y, por ello mismo, en la realidad de nuestras existencias, humildad que no es sumisión sino más bien el vivir con la responsabilidad y el compromiso de las hijas y los hijos de Dios.

Maravillosa noticia para los que están agobiados, para los doblegados por todos los cansancios. Misión también para toda la Iglesia el servicio desde la mansedumbre, desde la humildad, desde la generosidad incondicional y sin estridencias.

Como un silencioso signo de esa vocación, nuestros sacerdotes utilizan la estola, tal vez símbolo también de ese yugo que sana, salva y libera.

Paz y Bien

Dios sale al encuentro








Para el día de hoy (06/12/16):  

Evangelio según San Mateo 18, 12-14




Demasiados reglamentos religiosos estaban vigentes en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth -¿sólo en esos tiempos?-. Esas normas rigurosas delimitaban el acceso a las celebraciones sagradas y a la vida piadosa a un número creciente de publicanos y pecadores públicos; a su vez, es necesario tener en cuenta que la colonización de mentes y corazones no es un fenómeno reciente, y en esa inteligencia otros tantos se autoexcluían de los beneficios divinos por resultarles imposible encontrarse entre el reducido número de los aptos, los puros, los reverenciables, los religiosamente correctos.

No es cosa de espantarse, claro está. Como siempre, se trata de hombres severos y profundamente religiosos que creen portar atribuciones suficientes para condicionar en los demás el acceso al amor de Dios, reglamentando el culto y la plegaria, una espiritualidad de ceño fruncido, un Dios severo y distante aislado en un cielo exceptuado de sonrisas. Nunca Abbá.
Como siempre, hay que regresar al Padre bondadoso de Jesús de Nazareth.

En la asombrosa dinámica de la Gracia, no cuentan tanto los méritos que se acumulan como la insondable ternura de un Padre que sale de sí mismo al encuentro de lo que está perdido, de lo que nadie busca, de lo que se razona y justifica su extravío y su pérdida. Un Dios que alegremente nos disuelve los no se puede, los nunca, los jamás. 
No hay miseria mayor que, siquiera, se arrime a los umbrales de la misericordia.
Con todo y a pesar de todo, a este Dios le duelen las hijas y los hijos abandonados y descartados. Todos cuentan, todos, sin excepción, y el reencuentro con los perdidos siempre es motivo de celebración.

El Adviento -tiempo santo de Dios que sale al encuentro- nos vuelve a ubicar en perspectiva santa, en esa misericordia que rescata, transforma y compromete. Está en nuestras manos dejarse encontrar por ese Dios incansable, que nunca baja los brazos, que no conoce resignaciones ni deserta en su profundo afecto.

Paz y Bien

Aberturas






Para el día de hoy (05/12/16):  

Evangelio según San Lucas 5, 17-26




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los enfermos postrados se transportaban en una suerte de camillas o angarillas que, a su ven, hacían las veces de lecho habitual; es decir, aún cuando se los movilizara así, esa camilla representaba el angosto mundo en el que se había trastocado su existencia.
Así, esos hombres que intentan con empeño sin desmayos llevar al hombre paralizado a la presencia de Cristo, llevan también toda la vida de ese hombre, la existencia del doliente en sus manos.

El Maestro gustaba enseñar en los hogares, tal vez significando que el tiempo nuevo es tiempo de familia grande, de nuevos vínculos para reconocernos y en donde crecer con los demás.
Ahora bien, excepto la nobleza y los comerciantes muy ricos, los hogares comunes se conformaban de una única habitación amplia en la cual transcurría toda la vida familiar. Una puerta y una ventana, no m{as, y un techo compuesto de barro aglomerado y paja entrecruzada que le brindaba consistencia.

Esa vez, había una gran multitud reunida alrededor de la casa, ansiosa de escuchar la voz nueva y plena de autoridad del Maestro. Pero a veces ciertas euforias y ciertos criterios de pertenencia llevan a conductas que, a la larga, son erróneas. 
Quizás cerrar filas no sea tanto amontonarse formando muros infranqueables, sino re-ligarse cordialmente a través de la persona de Cristo. A veces también, en esos andares solemos vedar accesos a los que aún no han llegado; a menudo no prestamos atención al mal que podemos cometer sin darnos cuenta.

El enfermo está postrado por su dolencia y por un criterio religioso culpógeno que implicaba el asumir con resignación la enfermedad como justo castigo por los pecados cometidos. Pero las personas que lo llevan no se dan por vencidos ni aún cuando las gentes se arraciman como una muralla.
Cuando todas las puertas se han cerrado, hay que animarse a entrar por la ventana, y si la ventana pareciera estar también clausurada, es imprescindible procurar novedosas aberturas para que las gentes, especialmente los pobres y dolientes, lleguen a la presencia de Cristo. Nada ni nadie debe impedirlo, ni tampoco debe justificarse jamás la regulación de la misericordia, la tabulación del amor de Dios.

En Cristo despunta y resplandece el amor de Dios en perdón y sanación. Sus signos son señales de ese amor inclaudicable pero también una interpelación que convoca al hombre a la fé y al esfuerzo fraterno de los demás por los hermanos caídos.

Paz y Bien

Una voz en el desierto









2º Domingo de Adviento

Para el día de hoy (04/12/16):  

Evangelio según San Mateo 3, 1-12






La Palestina del siglo I bullía conflictos, oscilando entre decepciones acumuladas y frustraciones violentas. De ese modo sucedía lo que suele acontecer en épocas similares tan confusas, y es que la esperanza se pervierte, se desdibuja acorde a las angustias que lastiman.  

Los romanos hollaban la sagrada tierra que su Dios les había dado con la fuerza terrible de sus legiones, y ciertos reyezuelos brutales y vasallos se encargaban de someter aún más al pueblo, agobiado por una religiosidad tan estricta como asfixiante. Así, la esperanza mesiánica se disolvía en el error, apenas un buen recuerdo utópico, un Dios desentendido de su suerte, o bien un Mesías que vendría a poner las cosas en su lugar comenzando por la corona davídica.

Entre esos remolinos ruidosos que aturdían, surge la voz clara y taxativa de Juan el Bautista. Para nosotros es una voz quizás demasiado dura, pero sigue las antiguas tradiciones de los profetas, su lenguaje escatológico, el fuego de Dios que lo consume por dentro y que no le permite callarse.
La figura de Juan es extraña: en ese tiempo había que desplegar notorias credenciales, ejercer docencia desde cátedras sinagogales o, mejor aún, desde las escalinatas del Templo de Jerusalem. En cambio, Juan predica desde el desierto, lejano a toda ambición de poder y despojado de todos sus atributos: duerme arropado por las estrellas y se viste con pieles de animales, nada de palacios o lujosas vestimentas.

Pero el desierto no es desafío al poder y la autoridad religiosa que ostenta el Templo. Simbólicamente, el desierto es el ámbito en donde nos despojamos de lo superfluo, de lo inútil y nos purificamos en el crisol de su calor; allí, tal como Israel, se renuevan los vínculos y la confianza en Dios de tal modo que lo único que cuenta es la providencia de Dios, nada más. 
Juan es muy distinto a Moisés y a otros líderes de su pueblo, los que solían encabezar la marcha de su pueblo. Juan se ubica en otra dimensión y desde allí convoca al pueblo al desierto fértil de la conversión, del regreso contrito al Dios de sus padres, el desierto que purifique sus corazones. 
El Evangelista Mateo toma una precaución especial, casi como al pasar: el Bautista no es un loco, un provocador falaz, un simpático antisistema: allí está la señal de que él se alimenta de langostas y miel silvestre, alimentos kosher, alimentos permitidos por la Ley. Juan es un hombre de la Ley y por ello mismo un hombre de Dios que convoca a sus hermanos a reencaminar sus pasos por los caminos de Dios, pues descubre en las honduras de su alma la urgencia del momento, un tiempo maduro de las promesas de Dios que fructificará en el Dios que está llegando.

Pero Juan también, en su crudeza, es francamente molesto y muy a menudo inconveniente. Por sus palabras recordamos que ni la pertenencia ni la formalidad alcanzan, que es necesario fructificar en honradez y bondad, que hay que indagar con un corazón sincero y contrito en la fé que se profesa y reconocer la ausencia de frutos, las vidas estériles, las trampas falsarias que solemos articular, conversión verdadera y auténtica que se vive cotidianamente y no se declama, se ejerce con confianza.

Como esas gentes que lo escuchaban, también nosotros hemos de prestar atención a su voz íntegra, tan frutal, tan de Dios. Regresar al desierto para purificarnos de todo aquello que es inútil, para converger hacia Dios y hacia el hermano, en un bautismo que nos haga renacer a una vida nueva y definitiva que sólo encontraremos en el Hijo que está llegando a nuestros días.

Paz y Bien



Hacerse Adviento









Para el día de hoy (03/12/16):  

Evangelio según San Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8



La lectura que hoy nos convoca tiene dos aspectos que resaltan. Por un lado, la compasión que moviliza e impulsa al Maestro; bajo cierta mirada estrecha y rigurosa, su actitud es sospechosamente secular. El rostro herido y agotado de las gentes hace que confluya allí todo lo que Él es, todos sus sueños, toda su fidelidad al Padre, el Reino que anuncia y encarna y que parece no contar para tantos que languidecen a un costado de la vida, descartados de la existencia.

Por otro lado, la asombrosa confianza que Él deposita en sus discípulos, aún cuando ellos a menudo van y vienen en su cercanía y suelen interponer viejos esquemas que pretenden ser filtros que menoscaben a su modo la realidad de Cristo.
Tienen la enorme tarea de llevar el Reino a todas partes, ser ellos mismos otros Cristos que anuncien y realicen el amor de Dios que sana, salva y libera.

Como en los tiempos de su ministerio, enormes multitudes adolecen soledades, angustias y miserias. Cada día igual o peor que el anterior, sin posibilidad de otra noticia que traiga novedades buenas.

Allí también, en humilde y tenaz silencio amoroso y servicial el Adviento es respuesta contundente y definitiva de la ternura de Dios, que no deja librada la humanidad a oscuros azares. Dios es nuestra suerte. 
Adviento es el gratísimo anuncio de un Dios que se hace tiempo e historia, Dios que se llega a nuestros arrabales tan inhumanos, Dios que asume tiempo y carne para transformarlo todo, comenzando por los corazones, sin otro interés que la felicidad de todas sus hijas e hijos.

Por ello hacerse Adviento significa que somos las manos en el tiempo de ese Dios que viene a vendar corazones, a liberar mentes, a sanar cuerpos, a plenificar vidas en paz y justicia sin otro interés que el amor, el servicio, la vida que se ofrece sin condiciones.

Hacerse Adviento es la santa locura de no abdicar jamás a la esperanza, porque Dios está llegando a nuestras vidas si le recibimos.

Paz y Bien

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